Un vaso de leche siempre había funcionado, pero esa noche nada era suficiente. Se asomó a la ventana justo en el momento en que una nube dejaba ver la luna creciente. Tenía predilección por ella. Irradiaba magia. Por un momento tuvo la sensación de estar conectando con la chica del bosque a través de la luna, pero se desvaneció en un segundo. Se estaba obsesionando y lo sabía pero no podía evitar pensar en ella, en querer ayudarla, conocerla... Si al menos supiera su nombre podría ponerse en su búsqueda. Pero... ¡un momento! ¡Sí que sabía algo! Ella no había llegado con ningún bolso ni había oído ningún coche cuando ella se alejó, por lo tanto, ¡ella debía vivir cerca del bosque!

Se dirigió corriendo hacia la puerta y la abrió. Entonces se dio cuenta: era de noche, ella no estaría por la calle a estas horas. Además, el bosque era muy amplio, sería muy dificil encontrarla. Cerró la puerta y dejó caer la mano del picaporte. ¿Qué podía hacer? Nada. Todo dependía de ella, ya que era la única que sabía donde encontrarle. Y lo supo: iría todos los días a leer bajo su viejo amigo, pero esta vez para esperarla y esa vez no la dejaría huir.
Volvió a la ventana, a su vaso y a su luna creciente... y sintió que le sonreía.




